Hace algún tiempo escribí para un taller de literatura un pequeño relato ambientado en la guerra de la independencia. El protagonista, un capitán de husares o coraceros, era descrito en un párrafo como bizarro. Hubo quien no entendió el adjetivo. En castellano la palabra bizarro significa valiente o esforzado, o bien generoso, lúcido o esplendido. Bizarro proviene del italiano bizzarro (iracundo). La persona que no entendió porque describía al capitán como bizarro pensó en el uso, cada vez más extendido, que se da a bizarro en español: raro, extraño. Significado que viene del inglés bizarre. Ahora bien, este sentido a la palabra bizarro todavía no esta recogido en el diccionario de la lengua y estrictamente no es correcto. Seguramente tendrá que ser aceptado tarde o temprano pues su uso está ya más extendido que el original. Reconozco que el adjetivo clásico bizarro, fuera de una ambientación decimonónica como la de mi relato queda incluso un poco rara. Nunca he oído en un telediario que dijeran por ejemplo: “un bizarro bombero rescató a la niña”.

¿A qué viene todo este rollo del bizarro? Pues aunque uno se resigna a que palabras de toda la vida como esta pierdan la batalla contra la contaminación del inglés hay algunas que me resultan harto discutibles, cuando no directamente, como en el siguiente caso, cursis y horteras. Una de ellas es la costumbre cada vez más extendida de “amar cosas”. Es muy frecuente en los foros de Internet encontrar expresiones como: amo esta película, amo este libro o amo este disco. Entiéndanme, no tengo nada en contra de que la gente ame a su pareja, a su familia, a su mascota o a la madre Tierra. Pero cuando ese amor se extiende como la peste a cualquier cosa que nos rodea y que nos gusta la cosa toma un cariz que al final provocaría a Mary Poppins un coma diabético. En una sociedad de libre mercado como en la que vivimos es bien sabido que el aumento de la oferta provoca una disminución del precio. ¿Tanto amor repartido entre tantas cosas no dévalua el producto? Quizás sea una consecuencia de la sociedad de consumo. ¿Para que perder el tiempo amando a la amada cuando se puede amar unas zapatillas de deporte que te han costado un ojo de la cara?
Es otra batalla perdida, claro. Además la expresión es de una sencillez y contundencia inapelable. Cuando alguien en una conversación afirma que “amo esta película”, ¿qué demonios le vas a replicar? ¿qué argumentos hay contra la fuerza del amor? Bueno, en realidad si hay uno igual de contundente: “pues yo la odio”
good site dxsath