
De entre todas las experiencias que un ser humano afronta en su vida una de las más cautivadoras es su primer encuentro con el mar. Frente a él, con los pies desnudos sobre la arena, contemplamos fascinados el movimiento eterno de las olas. El océano es seductor y terrible y al mirarlo comprendemos por primera vez cuan pequeños y frágiles podemos ser.
Solaris es un mar; un océano vivo e inteligente. Quizás algo más. Los seres humanos han intentado desentrañar el misterio del mundo-ser-oceano durante generaciones sin conseguir prácticamente nada. Solaris es la prueba viviente de nuestras propias limitaciones.
Cuando el astronauta Kelvin llega a Solaris algo ha sucedido. El océano viviente ha comenzado sus propios experimentos con los humanos que viven en la estación.
Inquietante unas veces, evocadora otras y siempre maravillosa, Solaris es una de las obras cumbres del género. Nos enfrenta a nuestras limitaciones como humanos, no solo para comprender lo que hay entre las estrellas sino para comprendernos a nosotros mismos.
En pocas obras como esta encontraremos justificación en esa manida frase de “el sentido de la maravilla de la ciencia ficción”.
Solaris muestra menos de lo que sugiere y es esa puerta abierta a la propia imaginación de cada uno de nosotros lo que la hace de Solaris una obra maravillosa