Erase un avispado director de cine de serie z llamado Herschell Gordon Lewis que a principios de los sesenta se ganaba la vida con películas de ligero corte erótico. Como buen americano lo suyo era abrir nuevas fronteras (lease mercados) y así en 1963 se sacó de la manga un nuevo subgenero para las películas de terror: el gore.
Porque si, amigos y vecinos, Blood Feast es considerada por muchos como la primera película gore. Gordon Lewis, con mucha pintura roja, repetidos viajes a la casquería de la esquina y mucha desverguenza perpetró esta película en aguerrido Eastmancolor, que viene a ser el hermano pobre del Technicolor, y que da un encantador tono kitsch sesentero a toda la cinta que no tiene desperdicio.
Filmada con cuatro duros, con unos ¿actores? lamentables y con un guión que se limita a encadenar escenas sangrientas con menudillos varios se podrá discutir sobre la calidad artística del artefacto. Si el arte se limita a una forma de epatar, pues si, en 1963 esto debió epatar lo suyo. En cambio como producto de mercado fue todo un éxito, porque la peli arrasó en los cines de barrio y recaudó unos cuatro millones de dólares. Teniendo en cuenta que se gastaron cuarenta mil en hacerla no está mal.
En fin. Para frikis con alma de historiador está servido este Festín Sangriento. El primer gore de la historia del cine. Bon appetit.