Debo confesar que Dan Simmons, en mi caso particular, ya tenía mucho ganado cuando decidió ambientar su novela en el Ártico. Desde hace muchos años, quizás desde que leí el Capitan Hatteras de Julio Verne, las historias de exploración de los Polos siempre ejercieron sobre mí cierta fascinación. Más tarde descubrí que en la propia realidad había un puñado de historias que en nada desmerecían a la más elaborada ficción. Los exploradores de aquellas regiones heladas, muchas veces héroes trágicos, eran un filón inagotable para llenar páginas y páginas de libros.
Por su morbosa cualidad me atrajeron los relatos del fracaso, más que los del éxito. Scott me parecía un héroe más meritorio que el noruego Admundsen. Este último abonado al éxito y que en las fotos aparece como un tipo hecho del mismo hielo que conquistaba casi me causaba antipatía.

La historia del Terror es una de estas historias de fracaso. La expedición de Sir John Franklin partió de Inglaterra en busca el mítico paso del Noroeste. Perfectamente equipados sus dos buques, el Erebus y el Terror con las últimas novedades tecnológicas de 1845, como quillas reforzadas y comida enlatada para más de tres años. Unos balleneros avistaron a los barcos de Franklin en la Isla de Baffin en Agosto del 45. Nunca se supo más de los 129 hombres de la expedición.
Por los restos encontrado años después se sabe que quedaron atrapados en la banquisa y una anotación dejada en un mojón por el segundo al mando, el capitán Crozier, decía escuetamente que en Abril del 48 los 105 supervivientes abandonaron los buques e intentaron una huída arrastrando botes y trineos hacia el Sur.
Los escasos restos humanos que las expediciones de rescate encontraron años después mostraban signos de canibalismo, algo inconcebible en la bienpensante sociedad victoriana de la época y que generó una agria polémica en Gran Bretaña. Hay también, más en el terreno de la fábula que de la verdad, supuestos relatos de los inuit que insinúan que los hombre blancos encontraron algo más letal que la eterna banquisa de hielo en su odisea polar.
Jugando con estos dos elementos Dan Simmons pergeña su historia. A las penalidades ymiserias a las que se ven sometidos los protagonistas añade el elemento fantástico de una extraña criatura que con un tesónque raya lo obsesivo persigue a los exploradores a lo largo del hielo. Ente diabólico para los ingleses pero elemento totémico para los esquimales que han aprendido a convivir con esta criatura primigenia. Mensaje ecológico que Simmons añade a la historia.
La novela es hasta cierto punto coral y si bien hay un protagonista claro, el capitán Crozier, Simmons aborda cada capítulo con el nombre de alguno de los miembros de la tripulación. Tenemos así una visión desde multitud de ángulos que permite al autor esbozar los caracteres de distintos personajes con diferente éxito. Pues si bien algunos como Crozier o Goodsir quedan brillantemente retratados en el caso de los “malos” ese retrato se desliza peligrosamente hacia el estereotipo.
Es Crozier, el protagonista principal, un marino ya maduro, oscuro pero eficaz, desencantado y alcohólico y que, en realidad, por su origen humilde, nunca se ha sentido un oficial y caballero como sus compañeros de mejor cuna. Crozier ha pasado muchas veces por el Ártico, pero el Ártico no ha pasado por él hasta esta, su última aventura. Agobiado por el miedo al fracaso, la responsabilidad del deber y la sensación de una vida desperdiciada Crozier se enfrentará a un viaje iniciático a través del hielo que es uno de los ejes principales de la novela.
No puedo olvidar además un capítulo, uno de los mejores, que es una recreación de la Máscara de la Muerte Roja de Edgard Allan Poe. Y, ciertamente, mientras leía el libro notaba planear la sombra del maravilloso Arthur Gordom Pym por toda la obra.
El ritmo de la novela es muy bueno. Dan Simmons en esto es un experto. Creo que es uno de los escritores más calculadores en este sentido. Y si bien en Ilión el uso de estos truquitos llegó a irritarme debo reconocer que aquí he quedado bastante enganchado. El trabajo de documentación es excelente pero a veces exagerado: no hace falta decir claraboya patentada Preston cada vez que se nombra a las claraboyas del Erebus. Vale, Dan, ya sabemos que son claraboyas patentadas Preston, la próxima vez di solo claraboyas.
Tomando los pocos datos históricos conocidos y añadiéndole el toque fantástico adecuado Simmons ha cocinado una novela terriblemente entretenida y original. Doblemente, como he dicho alprincipio, para los que ya estamos previamente sugestionadas con esta ambientación.
La historia real del Erebus y el Terror fue probablemente igual de miserable y penosa que esta pero seguro que menos atractiva.